La decisión de venir al pueblo.

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Yo soy de pueblo, eso es así. Me crié en un pueblo, más grande que el que vivo ahora, y desde que tuve hijos sabía que volvería al pueblo. Qué le vamos a hacer, “seré de pueblo hasta que me muera”.

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Criar, educar y acompañar a mis hijos a lo largo de su infancia en una gran ciudad se me hacia cuesta arriba. Lo peor de todo, la soledad. El sentimiento de estar sólo a la vez de estar rodeado de gente es muy duro. Sí claro, claro que teníamos amigos, además de los de toda la vida, pero para quedar un sábado necesitábamos dos semanas hablando por  whatsapp para organizarnos. Para urgencias volaban. Si en el algún momento los he necesitado han volado y se han cruzado Madrid de punta a punta. Pero  cuando te sientes solas, tu marido está trabajando y tu bebé de un mes no deja de berrear, te sientes la peor mala madre del mundo y piensas que vas a molestar (al menos así lo sentía yo en aquella época). Hoy lo veo diferente, pero la vida nos enseña a ver las cosas con perspectiva, a veces demasiado tarde.

Estoy completamente segura que en el pueblo no me hubiera pasado. Veo aquí el respaldo y el cariño que se les da a las madres cuando tienen bebes pequeñines, y a veces me sorprendo a mi misma emocionada y echando alguna lagrimilla. Todos  nos conocemos, y si tienes una urgencia y necesitas llamar a un amigo (aunque normalmente no hace falta porque  lo raro es quedarte sola con el bebé) tu amigo no se tiene que cruzar una ciudad entera.

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En los pueblos el nacimiento de un bebé es una alegría para todos. Cada vez somos menos, y cada niño que viene a este pueblo es una plaza más en el colegio. El mismo colegio, qué se oye hace ya años qué si no aumenta el número de alumnos lo van a cerrar. Así que cada año, todos los padres nos dedicamos a contar, por su nombre eso sí, los niños que nacen y que llenaran, el día que les toque,  la nueva clase de primero de infantil.

 

En la ciudad era diferente. Allí no faltaban niños, sobraban para llenar los colegios. Y el riesgo de quedarte sin plaza en el colegio que te gustaba para tus hijos te atormentaba desde casi su nacimiento.  Aún recuerdo lo absurda que me sentía  rellenando las solicitudes para acceder a las Escuelas Infantiles públicas cuando todavía no había nacido mi hijo. No sabíamos ni su nombre. Qué paradoja,  aún no había nacido y el primer documento oficial en el que figuraba era el de Escuela Pública. Era consciente de que apenas cumplidos los 6 meses tendría que dejar a mi bebé en manos de unos desconocidos. No tenía otra opción, o eso pensaba yo. Ya embarazada me torturaba con todo esto. Pero tampoco veía otra solución.  Cuándo estaba de baja por maternidad, me llamaban desde la oficina para ver cómo estaba, y siempre se encargaban de recordarme que enseguida me tenía que incorporar, y que tal y como estaban las cosas era lo mejor que me podía pasar.

Así que cuando mi peque tenía 6 meses me incorpore al trabajo, y el chiquitín se fue directo a la guardería.  Entre la reducción de jornada, la guarde (perdón escuela pública allí en la capi) y la gasolina creo que me quedaban 250€ que terminábamos gastando en cosas absurdas que limpiaran nuestra conciencia por tener al peque lejos de nosotros.

Así pasaron los meses y los años. Y a esta mierda, perdón, desatore de vida se unió un nuevo pequeñín. Ahora éramos 4. Y la tortura cada vez era mayor. Finalmente mi empresa decidió que las cosas seguían mal, pero qué con dos hijos y una reducción de jornada estaba mejor en casa. Volví a casa, y empecé a respirar, ya no había guarderías para el peque y el mayor iba al cole, me sentía mejor madre.

Ahí empezaron a desaparecer todos los fantasmas que venia arrastrando desde que nació el mayor y apareció una nueva preocupación. Seguía echando de menos el pueblo para mis hijos, sus parques, sus horas de jugar con palos a ser piratas, sus recolecciones de bichos, la tarde entera con una pelota en las pistas, o sus carreras de bicis. La cercanía de la puerta del cole, donde si llegas tarde te lo recoge cualquier mamá sin tener que Presentar el DNI y un aval bancario para que la profesora se fie de ella. Y el musculo más poderoso que tenemos las personas empezó a maquinar, a maquinar más fuerte, y entonces mi marido y yo y movimos el mundo, nuestro mundo,  por nuestros hijos. Y caímos aquí, y volví a ser yo, a quererme como soy, a disfrutar de mis hijos, a tener tiempo libre….y mi hijo mayor cambio, de la noche a la mañana, de ser un niño timido a ser la alegría de la huerta. El pequeño no se entero del cambio, pero al estar mejor todos entiendo que él también. Y ahora todos somos felices, ya no me atormento por las noche….

4 Comentarios

  1. Ahora si, te doy la bienvenida como te mereces. Hija, que he estado liadisima y no había podido pararme a decirte nada.
    Bienvenida a este mundo paisana, sabes que me tienes al lado si necesitas algo me chiflas.
    Dicho esto.. este post me encanta ya te lo dije, yo estoy como tu y una de las cosas que más valoro es la libertad de la que gozan los niños aquí, y la calidad de vida que ofrece el pueblo.
    Sigue así!!

  2. Gracias por tus palabras y tu comentario! Y perdón por tardar en responder, pero entre la falta de tiempo y la novedad de wp ando loca. Sin duda nuestros peques son afortunados de vivir en un pueblo!

Me encantaría saber tu opinión sobre este tema. De todas formas ¡Gracias por leerme!